Manifiesto

Estas no son reglas para nadie más. Son las mías, las que me he ido dando en casi veinte años de calle, y las únicas que me obligan a algo.

Fotografío la calle porque es el único sitio donde nadie posa.

No monto la escena. No dirijo a nadie. No pido que repitan el gesto.

Si no lo vi a tiempo, lo perdí. Está bien que sea así.

Miro sin robar. Hay una distancia entre observar a alguien y vigilarlo, y ahí vivo.

Si una imagen humilla a quien aparece en ella, no merece existir.

Borro más de lo que enseño. Casi todo el oficio está en lo que decido no publicar.

Hago pocas fotos y las miro mucho.

El blanco y negro no es un filtro que añado: es lo que queda cuando quito lo que sobra.

No me interesa gustar rápido. Prefiero la imagen que tarda y que pide volver.

Vuelvo a las mismas calles. La repetición no es pobreza, es atención.

No busco la foto perfecta. La perfección es fría. Busco la verdadera.

Casi veinte años me han enseñado a descartar. Lo demás es técnica.